Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

Tú no te confundiste, Diego. Tú deseabas que estuviera muerta.

Garza se acercó, sacando las esposas. “Robo, falsedad de declaraciones, fraude procesal por intentar abrir un juicio intestamentario estando la dueña viva, y abandono de un menor en una institución del estado alegando orfandad. Camínele, Diego”.

Paola se metió al baño, se quitó el vestido y salió en calzones y playera. Caminó hacia la puerta humillada, agarró sus cosas y, antes de salir, miró a Diego con desprecio: “Me dijiste que ella no te amaba”. Diego bajó la mirada. Al