Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

di un pedazo a Mateo y mordí el otro.

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Superar el duelo
muerta
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—Bueno —dijo mi mamá, limpiándose por fin una lágrima de alivio y coraje—, ¿nos comemos los tamales, o qué? Y tú, Doña Chole, sírvase un café que la noche es joven.

Esa noche, Mateo no me soltó la mano. Puso su cobija en el suelo junto a mi cama y me dijo: “Aquí me quedo de guardia, por si te vuelves a hacer desconocida”. No lo hice.

La peor pesadilla no fue meter a