di un pedazo a Mateo y mordí el otro.
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Superar el duelo
muerta
muerto
—Bueno —dijo mi mamá, limpiándose por fin una lágrima de alivio y coraje—, ¿nos comemos los tamales, o qué? Y tú, Doña Chole, sírvase un café que la noche es joven.
Esa noche, Mateo no me soltó la mano. Puso su cobija en el suelo junto a mi cama y me dijo: “Aquí me quedo de guardia, por si te vuelves a hacer desconocida”. No lo hice.
La peor pesadilla no fue meter a