Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

Diego a la cárcel, fue resucitar burocráticamente en México. Tres meses caminando con la carpeta de Doña Chole por juzgados, el SAT, el INE, el banco y el registro civil. Todos me miraban como si fuera un error del sistema. “Señora, tenemos acta de defunción, pero en el sistema no hay botón de resurrección”, me dijo una secretaria amargada. Tuvimos que meter juicios. Conservo mi INE vieja con un sello de “CANCELADA POR DEFUNCIÓN” junto a mi cama.

Leticia, la verdadera víctima, fue exhumada y devuelta a su hija Mariana