Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

en noviembre. Fui a verla. Mariana tenía los mismos ojos tristes y el cabello castaño. No lloraba; se había quedado sin lágrimas de tanto pelear en las morgues. “¿Usted tuvo la culpa?”, me preguntó. “No”, le dije, “pero mi nombre estuvo en la tumba de tu madre, y tenía que venir a pedirle perdón al destino”. Nos dimos la mano firmemente. Hoy nos escribimos cada mes. Me cuenta que entró a la universidad con beca; yo le cuento que Mateo entró a clases de boxeo.

A Diego le dieron seis