en noviembre. Fui a verla. Mariana tenía los mismos ojos tristes y el cabello castaño. No lloraba; se había quedado sin lágrimas de tanto pelear en las morgues. “¿Usted tuvo la culpa?”, me preguntó. “No”, le dije, “pero mi nombre estuvo en la tumba de tu madre, y tenía que venir a pedirle perdón al destino”. Nos dimos la mano firmemente. Hoy nos escribimos cada mes. Me cuenta que entró a la universidad con beca; yo le cuento que Mateo entró a clases de boxeo.
A Diego le dieron seis