Mi propio esposo me declaró muerta en medio minuto ante un forense corrupto para quedarse con mis bienes y abandonar a nuestro hijo de once años en un internado de beneficencia, pero regresé al noveno día con el alma helada, abrí la puerta de la sala donde me lloraban con mentiras y le entregué una citación judicial mientras su amante intentaba huir con una maleta roja, demostrándole a todos los presentes que mi peor pesadilla no fue el río turbio, sino descubrir que el hombre que dormía en mi cama oraba cada noche para que nunca jamás volviera a despertar.

dice que es su trofeo de guerra.

La bufanda vino que Diego usó en mi velorio la encontré en su clóset. Noche tras noche, mientras Mateo hacía su tarea, la fui deshilachando por completo hasta hacerla una bola de estambre. Con ese estambre, le tejí un gorro a Mateo para el frío. A él le encanta. Con mis propias manos le saqué todo el veneno, todo lo podrido a esa tela, y la convertí en algo que da calor.

Nueve días es poco tiempo, pero alcanza perfecto para que te