lo había ayudado.
La casa era el segundo frente.
Daniela había aportado la mayor parte del enganche.
Sebastián había contribuido después con pagos de la hipoteca.
No era “la casa de Beatriz”.
Tampoco podía decidirse la propiedad en una discusión de sala.
Mi hija había salido porque su esposo se lo pidió y porque Mateo estaba presente.
Eso no significaba que hubiera renunciado a sus derechos.
—No quiero regresar —me dijo Daniela cuando se lo expliqué.
—Eso es diferente.
—Mamá, no quiero pelear por paredes.
—No tienes que vivir allí