para proteger lo que te corresponde.
La miré.
—Y tampoco necesitas decidir hoy.
Daniela empezó a llorar.
No como aquella mañana en la plaza.
Esta vez de alivio.
Sebastián apareció en mi casa esa noche.
—Quiero ver a mi hijo.
Daniela salió.
—Mateo está dormido.
—Eres su madre, no su dueña.
—Y tú eres su padre, no alguien que puede echarlo de casa y aparecer cuando quiera.
Intervine.
—Esto lo resolverán ustedes de manera formal. Yo no voy a utilizar mi dinero ni mi empresa para quitarte a tu hijo.