las seis de la mañana, mi boda dejó de ser una celebración

iba a romper antes de la boda. Me dolió. No como la traición de Mariana, sino como una grieta en algo que yo creía completamente sólido. —Debiste decírmelo —susurré. —Lo sé. Fui cobarde. Quise evitar un problema y lo hice más grande. Vi sus ojos llenos de culpa.

No vi mentira. Y eso, de algún modo, fue peor y mejor al mismo tiempo. —Hoy no necesito un esposo perfecto —le dije—. Necesito uno honesto. Diego asintió. —Entonces desde hoy no vuelvo a esconderte nada, aunque me dé miedo. A las