las seis de la mañana, mi boda dejó de ser una celebración

una escena.

Tomé mi celular con manos temblorosas, activé la grabadora de voz y caminé descalza hasta la puerta que comunicaba ambas habitaciones. Grabé todo: el plan para manchar mi vestido, perder los anillos, cambiar mi ramo por uno marchito, retrasar al maquillista, provocar una pelea antes de la ceremonia. Grabé a Mariana diciendo que Diego “merecía una mujer con más fuego”. Grabé a mis supuestas amigas riéndose.

Cuatro minutos fueron suficientes para destruir diez años de confianza.

Luego volví a la cama.

Pero ya no era la misma mujer