Mi prometido cargó a su mejor amiga hasta el coche nupcial y me dijo que tomara un taxi

rodeado de cristales.

La ciudad brillaba debajo.

No era la boda que había planeado.

No había ensayado el camino.

No conocía el orden.

La decoración era improvisada.

Algunas flores ni siquiera combinaban.

Pero cuando las puertas se abrieron, mi padre estaba a mi lado.

Me miró.

—Todavía puedes parar.

—Lo sé.

—No me decepcionarás.

Lo miré.

—¿Aunque no me case?

—Aunque hoy decidas irte sola.

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

—Gracias.

—Pero si te casas…

—¿Sí?

Miró a Mateo al fondo.

—Hazlo porque lo elegiste. No porque otro