de empezar una vida nueva.
Se quedó unos segundos callada.
Luego me hizo aquella pregunta extraña.
— Ricardo, ¿estás seguro de saber a qué renuncias?
Sonreí.
— Elena, no quiero que discutamos.
Ya he tomado la decisión.
Se levantó de la mesa.
Entró en el dormitorio y volvió con una maleta pequeña.
Estaba preparada.
Mi ropa ya estaba dentro.
Debería haberme preguntado cómo lo sabía.
Debería haberme asustado que la mujer con la que había vivido veintiséis años pareciera haber esperado aquella conversación.
Pero yo solo sentí alivio.
Tomé la maleta.
Y