tenía las manos tan frías que ella terminó agarrándoselas para tranquilizarlo.
—Ahí está —dijo la doctora.
El sonido llenó la habitación. Era rápido y diminuto, pero ninguno había oído nunca nada tan importante. Mateo empezó a llorar en silencio. Lucía sonrió entre lágrimas.
—Has pasado noches enteras en quirófano sin perder los nervios —le recordó.
—Aquellos no eran nuestros latidos —respondió él.
Al salir, se sentaron en un banco del jardín. Mateo sacó de su bolsillo una llave con un llavero amarillo, la misma que Lucía había dejado sobre la