hacía falta.
Cuando salió, me quedé mirándolo.
—¿Usted sabía que estaba enferma?
Asintió.
—Me contó hace tiempo.
Sentí una punzada.
Otro desconocido sabía algo que yo ignoraba.
Pero ya no reaccioné con rabia.
—¿Por qué no me avisó?
—Porque me pidió que no lo hiciera.
Luego miró hacia la ventana.
—Su mamá siempre hablaba de usted.
—¿Qué decía?
Sonrió.
—Como si usted hubiera inventado la luna.
Tuve que apartar la mirada.
Esa noche mamá comió dos pedacitos de durazno.
—Están buenos —dijo.
Nueve días después murió.
Fue de madrugada.
Sofía