parecerse a la mía.
Con todo mi amor,
Papá».
Leí la carta dos veces.
Después la guardé en el bolsillo.
—¿Está bien tu padre? —preguntó don Ernesto.
Miré hacia las tumbas.
—Está aprendiendo.
—¿Y tú?
Pensé durante unos segundos.
—Yo también.
Salí del panteón sin mirar atrás.
En la calle había gente caminando, vendedores preparando sus puestos y autobuses que avanzaban lentamente entre el tráfico.
La ciudad seguía con su vida.
Y yo también.
No había recuperado los tres años que me robaron.
No había conseguido que mi familia volviera