LA BODEGA 108: EL SECRETO QUE DESTRUYÓ A LA FAMILIA MENDOZA

entré.

El olor del lugar me golpeó de inmediato: polvo, aceite y metal viejo.

Caminé con cuidado entre las estanterías abandonadas, guiándome por la luz de mi teléfono.

Al fondo encontré un pasillo estrecho que conducía a una zona de almacenamiento subterránea.

Las puertas estaban numeradas.

104.

105.

106.

107.

Me detuve frente a la última.

108.

La llave entró perfectamente.

Pero antes de girarla escuché un ruido detrás de mí.

Me volví.

No había nadie.

Solo las sombras de las máquinas y una ventana rota por donde entraba el