cercano a su despacho.
Llegó veinte minutos después, con una carpeta bajo el brazo y el rostro más envejecido de lo que recordaba.
Me observó durante un largo momento.
—Siempre creí que eras inocente —dijo finalmente.
No supe qué responder.
Puse el libro azul sobre la mesa.
Ramírez lo abrió y comenzó a revisar las páginas.
Su expresión cambió poco a poco.
—Esto es importante —murmuró—. Pero debemos verificar cada documento. No podemos presentar una acusación basada únicamente en un libro que alguien podría intentar desacreditar.
—Tengo fotografías.
—Bien. No