cara y una cara de hombre perdido frente a un libro de derecho fiscal.
“Estás mirando esa página como si te debiera dinero”, le dijo Mariana.
Sebastián soltó una risa que no parecía ensayada. Desde ese día empezó a buscarla con cualquier pretexto. Primero para estudiar. Después para caminar. Luego para contarle cosas que jamás se había atrevido a decir en la casa de su madre.
Con Mariana, Sebastián no era “el joven Mendoza”. Era solo Sebastián.
Él le prometió una casa con bugambilias, desayunos los domingos, niños corriendo por