En Jaca, mi marido firmó sin leer mientras sostenía a nuestra hija enferma y nuestro hijo llevaba las botas rotas. «Tu madre sabe cuidarla», dijo antes de marcharse con Cristina. No lloré: guardé el convenio de divorcio y compré 3 billetes para León. En la carpeta quedaba otra firma que él tampoco recordaba

hijos dormían con abrigo.

—Tú decidiste ayudarme.

Él bajó la cabeza.

—Sí. Y eso es lo que nunca podré justificar.

Cristina intentó cogerle la mano.

—Podemos empezar de nuevo, Javier. Ahora ya no tienes que fingir que eres feliz con Lucía.

Él retiró la mano.

—No entiendes nada. No he venido a elegir entre vosotras. He venido a terminar esta situación.

—¿Vas a culparme de tu divorcio?

—No. Mi matrimonio lo destruí yo. Pero tú sabías que estabas ayudándome a hacerlo.

Cristina se levantó llorando.

Javier no la siguió.

Aquella