hijos dormían con abrigo.
—Tú decidiste ayudarme.
Él bajó la cabeza.
—Sí. Y eso es lo que nunca podré justificar.
Cristina intentó cogerle la mano.
—Podemos empezar de nuevo, Javier. Ahora ya no tienes que fingir que eres feliz con Lucía.
Él retiró la mano.
—No entiendes nada. No he venido a elegir entre vosotras. He venido a terminar esta situación.
—¿Vas a culparme de tu divorcio?
—No. Mi matrimonio lo destruí yo. Pero tú sabías que estabas ayudándome a hacerlo.
Cristina se levantó llorando.
Javier no la siguió.
Aquella