En Jaca, mi marido firmó sin leer mientras sostenía a nuestra hija enferma y nuestro hijo llevaba las botas rotas. «Tu madre sabe cuidarla», dijo antes de marcharse con Cristina. No lloré: guardé el convenio de divorcio y compré 3 billetes para León. En la carpeta quedaba otra firma que él tampoco recordaba

—Tu madre tiene razón.

—Entonces tienes que aprender.

—Estoy intentando hacerlo.

Hugo asintió lentamente.

No lo perdonó aquella tarde.

Pero tampoco volvió a esconderse cuando escuchaba la voz de su padre.

Y para Javier, aquel pequeño gesto significó más que cualquier felicitación recibida en su carrera.

Los meses siguientes trajeron cambios difíciles.

El divorcio siguió su curso y Javier aceptó que los niños vivieran habitualmente con Lucía.

También se comprometió a pagar la pensión correspondiente y a cumplir un régimen de visitas progresivo.

Su abogado le explicó que podía discutir