En Jaca, mi marido firmó sin leer mientras sostenía a nuestra hija enferma y nuestro hijo llevaba las botas rotas. «Tu madre sabe cuidarla», dijo antes de marcharse con Cristina. No lloré: guardé el convenio de divorcio y compré 3 billetes para León. En la carpeta quedaba otra firma que él tampoco recordaba

quedar a su altura.

—Lo sé. Por eso no voy a pedirte que me creas. Voy a demostrártelo.

Aquella tarde montaron un castillo de piezas, tomaron chocolate caliente y caminaron por un parque.

Cuando llegó la hora de despedirse, Hugo abrazó a su padre brevemente.

Javier regresó a Jaca llorando.

No porque hubiera recuperado a su familia.

Sino porque comprendió cuánto trabajo le quedaba para recuperar su confianza.

Las visitas continuaron.

Algunas fueron fáciles.

Otras terminaron con preguntas incómodas, silencios y recuerdos dolorosos.

Javier aprendió que escuchar a sus hijos