quedar a su altura.
—Lo sé. Por eso no voy a pedirte que me creas. Voy a demostrártelo.
Aquella tarde montaron un castillo de piezas, tomaron chocolate caliente y caminaron por un parque.
Cuando llegó la hora de despedirse, Hugo abrazó a su padre brevemente.
Javier regresó a Jaca llorando.
No porque hubiera recuperado a su familia.
Sino porque comprendió cuánto trabajo le quedaba para recuperar su confianza.
Las visitas continuaron.
Algunas fueron fáciles.
Otras terminaron con preguntas incómodas, silencios y recuerdos dolorosos.
Javier aprendió que escuchar a sus hijos