En Jaca, mi marido firmó sin leer mientras sostenía a nuestra hija enferma y nuestro hijo llevaba las botas rotas. «Tu madre sabe cuidarla», dijo antes de marcharse con Cristina. No lloré: guardé el convenio de divorcio y compré 3 billetes para León. En la carpeta quedaba otra firma que él tampoco recordaba

a discutir.

Él firmó.

Ni preguntó por qué Lucía tenía los ojos enrojecidos.

—¿Ya está? —preguntó.

—Sí, Javier. Ya está.

En ese momento apareció Cristina Valdés, viuda de un antiguo compañero militar.

Llevaba un elegante abrigo azul y una bufanda de cachemira que Javier le había regalado por Navidad.

El conjunto había costado 340 euros.

Lucía recordó que llevaba semanas pidiendo 120 euros para comprar botas nuevas a Hugo y pagar el combustible de la calefacción.

—Javier, te espero abajo —anunció Cristina—. He reservado mesa para comer.

Él sonrió.

Hugo