En Jaca, mi marido firmó sin leer mientras sostenía a nuestra hija enferma y nuestro hijo llevaba las botas rotas. «Tu madre sabe cuidarla», dijo antes de marcharse con Cristina. No lloré: guardé el convenio de divorcio y compré 3 billetes para León. En la carpeta quedaba otra firma que él tampoco recordaba

antiguo.

Comprendió que nunca recuperaría la vida que había perdido por no saber valorarla.

Pero podía cuidar la relación que todavía tenía con sus hijos.

En León, Lucía acostó a Martina, apagó la luz y cerró suavemente la puerta.

Su hija ya no recordaba las noches heladas de Jaca.

Hugo tampoco necesitaba comprobar si el radiador seguía caliente.

Lucía se quedó contemplándolos con una sonrisa.

Años atrás había salido de casa con 2 maletas, 2 niños y un miedo inmenso al futuro.

No sabía si conseguiría trabajo ni cómo saldría