seca en la mirada y me ordenó bajar de inmediato a poner los pavos en el horno y servir el desayuno a sus hermanas.
Caminé arrastrando la pierna izquierda, que me ardía por la fricción del metal.
Durante toda la mañana caminé entre la cocina y el comedor con una bandeja en las manos, sirviendo jugo, café y fruta a dieciocho personas que evitaban deliberadamente mirarme a la cara, sabiendo perfectamente lo que ocurría en esa casa.
A las once y media de la mañana, un ruido de frenos secos