«¡Papá, detén el coche!», gritó mi hija de 5 años mientras señalaba a 2 niñas descalzas que dormían junto a un montón de basura en la ciudad de Nueva York. Segundos después, yo estaba arrodillado en el agua sucia de la lluvia, mirando fijamente sus rostros, porque ambas eran idénticas a mi hija, y una de ellas tenía los inconfundibles ojos verdes y dorados de mi difunta esposa.

de defunción?

—No abras heridas que ya cerraron.

—No estaban cerradas. Tú las tapaste.

Cuando le pregunté si Lucía vivía, negó con la cabeza. Al mencionar La Encina, tiró la silla al levantarse.

—No tienes idea de lo que estás haciendo —dijo.

—Entonces explícame tú.

Se marchó amenazando con impedir que aquellas «extrañas» se acercaran a Valeria. Jimena presenció todo. Prohibí a Ofelia recoger a mi hija de la escuela.

Dos días después llegamos a La Encina, cerca de Toluca, con autorización de Lucía y acompañamiento de la autoridad. Una