niño, antes de morir cuando yo tenía 11 años.
Seguí el sonido y encontré a Sofía, la hija de 3 años de Lucía, mi empleada doméstica, subida en un banco frente al lavadero.
Estaba descalza.
Su vestido rosa tenía el frente empapado y sus pequeñas manos estaban rojas de tanto frotar una de mis camisas blancas.
—¿Sofía?
La niña se sobresaltó. El banco se movió y alcancé a sujetarla antes de que cayera.
Ella me miró aterrada.
—Perdón, señor Adrián. Mamá está enferma. Yo estoy trabajando.
Sentí que algo se