estudió.
—Tiene mis hoyitos.
Tuve que cerrar los ojos.
Cinco años preparándome para preguntas difíciles y, al final, una niña de cinco años resumía la genética en cuatro palabras.
—Siéntate bien —dije.
El conductor arrancó.
Santiago quedó atrás.
No corrió detrás del coche.
Se limitó a sacar el teléfono.
El mío empezó a vibrar antes de que saliéramos del aeropuerto.
Lo puse en silencio.
Primera llamada.
Segunda.
Tercera.
Después un mensaje.
Necesito hablar contigo.
Otro.
Por favor.
Otro.
No me digas que me equivoqué durante cinco años sin dejarme siquiera