preguntar.
Leí esa frase dos veces.
No sentí culpa.
Sentí rabia.
Respondí:
Hace cinco años te pedí exactamente lo mismo.
Los tres puntos aparecieron inmediatamente.
Desaparecieron.
Volvieron.
No llegó ningún mensaje durante casi un minuto.
Después:
Tienes razón.
Eso me sorprendió.
Nada más.
Guardé el teléfono.
Vivíamos en una casa pequeña al norte de Mérida.
No era pequeña en sentido literal.
Tenía cuatro habitaciones, un jardín y un estudio convertido en laboratorio doméstico.
Pero comparada con la casa donde había vivido con Santiago en Ciudad de México, parecía modesta.
A