se parecía a ninguna.
Solo estaba cansada.
—Necesito hablar con una abogada —dije.
—Bien.
—Y con la psicóloga de las niñas.
—Mejor.
Teresa puso una taza frente a mí.
—¿Y con él?
Miré el teléfono.
Tenía otro mensaje.
No voy a ir a tu casa. No voy a aparecer frente a las niñas. Dime cuándo y dónde puedas hablar.
Respiré.
—También.
Nos reunimos dos días después.
Territorio neutral.
Una cafetería dentro de un hotel.
Llegué acompañada por mi abogada, Mariana Cervera.
Santiago también había llevado abogado.
Eso me tranquilizó.
Significaba