que al menos no fingiríamos que aquello era solo una conversación sentimental.
Cuando me vio, se levantó.
No intentó acercarse.
—Elena.
—Santiago.
Se sentó.
Su abogado comenzó:
—Mi cliente desea solicitar formalmente una prueba de paternidad.
Santiago lo interrumpió.
—No porque no crea que sean mías.
Lo miré.
—Entonces ¿por qué?
—Porque si voy a entrar en sus vidas, no quiero que haya preguntas legales después.
Bien.
Eso era razonable.
—Acepto.
Pareció sorprendido.
—¿Así de fácil?
—No hay nada que ocultar.
—Elena…
Mariana puso una mano sobre mi carpeta.
Recordatorio.