tampoco iba a suavizar la historia para hacerla más digerible.
—¿Intentaste decírmelo después?
Santiago preguntó tan bajo que casi no lo escuché.
—No.
—Nunca.
—Nunca.
Levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque cuando te dije que estaba embarazada, llamaste bastardo a un bebé que ni siquiera sabías cuántos eran.
—Elena.
—Cuando pedí explicar, dijiste que no necesitabas explicaciones.
—Lo sé.
—Cuando firmamos el divorcio, no preguntaste si seguía embarazada.
—Pensé…
—Exacto.
Silencio.
—Pensaste.
Me apoyé en la silla.
—Durante meses tuve miedo de que una de ellas muriera.
Mi voz se