—¿Por qué?
—Porque tenía una negociación en Monterrey.
—Claro.
—Elena.
—Siempre había algo más importante.
Su rostro cayó.
—Sí.
—¿Tu madre la vio?
—Dice que no.
—¿Le crees?
—No sé.
Había una verdad incómoda.
Podíamos convertir a Ofelia en villana.
Era tentador.
Pero no necesitábamos.
Santiago había tomado la decisión final.
—Aunque ella hubiera tirado el informe al fuego —dije—, tú podías haberme escuchado.
—Sí.
—Podías pedir una prueba.
—Sí.
—Podías abrir el ultrasonido.
—Sí.
—Podías acompañarme a un médico.
—Sí.
—Entonces no conviertas esto en culpa de tu madre.