a trabajar.
—Cobarde.
—Muchísimo.
El problema era que sí me movió algo.
No amor.
No todavía.
Una grieta.
Porque durante años Santiago había vivido protegiendo su orgullo.
Aquel día se puso delante de cámaras y aceptó públicamente que había sido él.
Sin «pero».
Sin culpar a su madre.
Sin culpar al diagnóstico.
Eso no devolvía nada.
Pero mostraba un hombre distinto.
Yo necesitaba recordarme constantemente que una persona puede mejorar sin que eso obligue a quien dañó a volver con ella.
Esa frase se convirtió en mi regla.
Santiago podía