ser mejor.
Yo podía alegrarme.
Y aun así no deberle matrimonio.
Un año después del reencuentro, Santiago me invitó a cenar.
No por las niñas.
Lo aclaró.
—Una cena conmigo.
—No.
—Bien.
Tres meses después volvió a preguntar.
—No.
—Bien.
Seis meses.
—¿Café?
—Santiago.
—Es menos que cena.
—No.
—Bien.
Empecé a irritarme con lo razonable que era.
—¿No vas a insistir?
Me miró sorprendido.
—Acabas de decir no.
—Sí.
—Entonces no.
—Antes insistías.
—Antes hice muchas cosas estúpidas.
Eso me dejó sin respuesta.
Un año y medio después, acepté