te dije eso.
—No.
—Entonces inventaste mi traición antes de que ocurriera.
—Sí.
—Y cuando apareció el embarazo…
—La convertí en prueba.
Silencio.
—Eso es terriblemente triste, Santiago.
—Lo sé.
—No solo cruel.
—Triste.
Asintió.
—Pasamos años amándonos sin confiar realmente.
La frase quedó entre nosotros.
—Yo confiaba en ti.
—Sí.
—Hasta aquella noche.
—Lo sé.
—Eso fue lo que mataste.
Santiago levantó la mirada.
—¿Puede volver?
Pensé mucho.
—No la misma.
—¿Otra?
—No sé.
—Está bien.
Por primera vez, esa respuesta no lo desesperó.
Las niñas cumplieron siete.
La