volverías».
¿Estás segura?
—Sí.
—Entonces sí.
—Yo pregunté primero.
—No dijiste quieres casarte conmigo.
—No seas abogado.
—No soy abogado.
—Peor. Empresario.
Me agarró las manos.
—Elena Serrano, ¿quieres volver a casarte conmigo sabiendo perfectamente que soy un hombre que necesita terapia continua, recordatorios de calendario y supervisión para no comprar regalos absurdos?
Me reí.
—Sí.
—¿Aunque ronco?
—Eso no estaba en contrato.
—Demasiado tarde.
Nos besamos.
Esta vez no lloré.
Nuestra segunda boda fue pequeña.
Treinta personas.
Las trillizas tenían once años.
Fueron mis damas de honor y las