elegí mi miedo antes que tu voz.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—No puedo prometer que nunca sentiré miedo otra vez.
Respiró.
—Pero sí que nunca volveré a utilizarlo como excusa para dejar de escucharte.
Yo lloré.
Las niñas también.
Teresa lloró más fuerte que todos.
Cuando llegó mi turno dije:
—La primera vez que me casé contigo pensé que confiar significaba no hacer preguntas.
Santiago sonrió tristemente.
—Ahora sé que a veces confiar es exactamente lo contrario.
—Preguntar.
—Escuchar.
—Quedarse el tiempo suficiente para conocer la respuesta.
Tomé