callado.
—Elena.
—¿Sí?
—¿Si aquel día no hubiera pedido cambiarme de asiento…?
Negué.
—No hagas eso.
—Solo preguntaba.
—No vivimos en versiones alternativas.
—Lo sé.
—Ya desperdiciamos demasiados años con cosas que imaginábamos en lugar de preguntar.
Sonrió.
—Tienes razón.
—Como siempre.
—No exageres.
La sobrecargo pidió abrochar cinturones.
El avión comenzó a descender.
Santiago apretó mi mano.
—¿Sabes qué es lo más extraño?
—¿Qué?
—Durante cinco años pensé que tú me habías quitado una familia que podía haber tenido.
Lo miré.
—Y después entendí que fui yo quien la