trabajadores estuvieran saliendo.
Entonces escuchó un sonido extraño.
Un crujido metálico.
Se detuvo.
Debajo de una losa recientemente colada, uno de los puntales estaba inclinado. La placa de apoyo descansaba sobre una superficie inestable y el agua comenzaba a acumularse alrededor.
Era precisamente el soporte que había reportado.
A unos metros, don Arturo y dos trabajadores jóvenes recogían herramientas.
Valeria sintió que se le helaba la sangre.
—¡Arturo, salgan de ahí! ¡Ahora mismo!
El maestro de obra levantó la cabeza.
—¿Qué sucede?
—¡El apuntalamiento está cediendo!
Los muchachos corrieron hacia