La tercera vez que aplazó nuestra boda, renuncié, vendí todo lo que me había regalado y volví al pueblo… un mes después, mi exjefe estaba recorriendo medio país buscándome

voy a casar contigo para asegurarme de que no te vayas.

Apreté sus dedos.

—Bien.

—Quiero casarme porque sé que podrías irte.

Mi garganta se cerró.

—Y quiero construir una vida donde sigas eligiendo quedarte.

Lloré.

—Eso sí sirve.

—He practicado.

—Se nota.

Nos casamos.

No porque él finalmente cediera.

Ni porque yo ganara.

Nos casamos porque, después de separarnos de verdad, ambos volvimos a elegir la relación desde un lugar distinto.

Esa diferencia lo cambió todo.

A veces la gente del pueblo todavía recuerda el día en que llegué