generación y, en cuestión de segundos, las más de quinientas personas del auditorio estaban de pie, aplaudiendo a rabiar.
Aquel aplauso era tan fuerte que parecía que el techo se iba a caer. Las mismas señoras de vestidos caros y joyas brillantes que al principio me habían barrido con la mirada desdeñosamente cuando entré, ahora tenían la mano en el pecho y se secaban el llanto con pañuelos de papel, mirándome no con lástima, sino con un respeto profundo.
Mi hijo me tomó del brazo con orgullo, como si estuviera