mí —que todavía traía puesta la medalla sobre el uniforme de limpieza— y le dijo a mi muchacho:
—Joven, en mi firma recibimos cada año a cientos de graduados con promedios perfectos de las mejores escuelas, pero la lealtad, la humildad y el carácter que demostraste hoy al honrar a tu madre no se enseñan en ninguna universidad del mundo. Si un hombre es capaz de defender y agradecer así sus raíces frente a todos, sé que puedo confiarle mi empresa con los ojos cerrados. Mañana mismo tienes un escritorio