nunca lo hice.
—Tú escondiste a Mateo —dije—. Eso es tuyo.
Mi madre levantó la mirada.
—Pero nuestro divorcio también fue culpa mía.
—Yo te presioné.
—Y yo era su esposo.
Miré el ultrasonido.
—Yo fui quien se negó a hacerse estudios. Yo dejé que todos asumieran que Mariana tenía un problema. Yo escuché tus comentarios y le pedí a mi esposa que los soportara.
Por primera vez entendí que reconocer los pecados de mi madre no convertía automáticamente mis propias decisiones en inocentes.
Al día siguiente fui a ver