a Mariana.
Coloqué la carta, la fotografía y el ultrasonido frente a ella.
Dejó de coser.
No necesitó preguntar nada.
—Ya sabes.
—Sí.
Miró la fotografía durante varios segundos.
—Durante meses pensé que la habías visto.
—Nunca supe que existía.
Mariana respiró profundamente.
—Ahora te creo.
Aquellas palabras no me dieron alivio.
Me destruyeron más.
—Perdóname.
Sonrió con tristeza.
—¿Por cuál parte?
No supe responder.
Porque tenía razón.
No existía una sola disculpa capaz de cubrirlo todo.
—Por no hacerme los estudios. Por dejarte sola cuando mi familia te culpaba.