que yo recordaba demasiado bien.
—Alejandro.
Nada más.
Ocho años resumidos en una sola palabra.
Entonces mi madre salió del restaurante.
—¿Qué está pasando?
Mariana la miró.
El niño también.
Y mi madre dejó caer su bolso.
No fue un accidente.
Lo vi en su cara.
Se había puesto blanca.
—Mamá…
—Me mareé.
Mentía.
Conocía demasiado bien a mi madre.
Aquello no era mareo.
Era miedo.
Me acerqué al niño.
—¿Cómo te llamas?
Miró a Mariana antes de responder.
—Mateo Salgado.
—¿Cuántos años tienes?
Mariana tensó la mandíbula.
—Alejandro, no