hija estaba sentada contra la pared.
Descalza.
Con un pantalón deportivo gris y una camiseta vieja.
Tenía las muñecas atadas con un cable.
Una botella vacía estaba a su lado.
Corrí hacia ella.
Valeria intentó levantarse, pero las piernas no la sostuvieron.
La abracé antes de que cayera.
Sentí sus huesos debajo de la ropa.
—Ya estoy aquí.
Ella apoyó la cara en mi hombro.
—Pensé que no ibas a volver.
Aquellas palabras me atravesaron.
Porque yo sí me había ido.
Aunque fueran solo dos calles.
Aunque hubiera regresado.
Me