tres golpes.
Tac.
Tac.
Tac.
Se me aflojaron las piernas.
Saqué el teléfono.
Pero antes de llamar al 911 cometí el error que todavía me cuesta perdonarme.
Llamé a Julián.
Contestó casi de inmediato.
—¿Elena?
—Estoy detrás de tu garaje.
Silencio.
—Vete a tu casa.
Miré el candado.
—¿Mi hija está ahí adentro?
Su voz cambió.
No gritó.
No amenazó.
Solo dijo, muy despacio:
—No abras esa puerta.
Parte 2: —Dame la llave.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Dame la llave, Julián.
—Valeria está pasando por una crisis.
Miré