Lo llamé.
—¿Dónde están los 260,000 pesos?
—Es una inversión. Óscar consiguió un negocio de electrodomésticos. Recuperaremos el doble.
—¡Ese dinero era para nuestra casa!
—También es mi dinero, Claudia. No tengo que pedirte permiso para cada movimiento.
Colgó.
Esa noche encontré otro mensaje importante.
Don Ernesto, el dueño de nuestra vivienda, me recordaba que el contrato de arrendamiento terminaba aquel domingo.
Durante semanas había intentado hablar con Sergio sobre la renovación, pero siempre respondía:
—Tú encárgate. La renta y los recibos son asunto tuyo.
El contrato estaba exclusivamente