perdido un empleo, se sentía frustrada y no supo pedir ayuda. Aceptó una oferta de trabajo en otra ciudad y se fue convencida de que después encontraría la manera de explicarse.
Le pregunté por qué no llamó durante seis años.
Respondió que al principio le daba vergüenza. Después temía escuchar el rechazo de los niños. Con el tiempo, cuanto más tardaba en regresar, más difícil le parecía hacerlo.
Escuché su explicación.
Podía comprender que una persona se sintiera desbordada, pero no podía confundir esa dificultad con una justificación para desentenderse