La mañana de mi examen, mi hermana me sujetó del brazo en el garaje y me rompió la muñeca. Mientras yo gritaba de dolor, mi padre solo dijo:

de Jalisco.

Yo temblaba mientras relataba lo sucedido.

No por miedo a Lorena.

Sino porque sabía que denunciarla significaba enfrentarme también a mis padres.

A las nueve de la noche alguien tocó el timbre.

Desde la ventana reconocí a doña Mercedes, una vecina de setenta años que vivía frente a nuestra casa.

La señora tenía cámaras de seguridad porque meses antes habían robado algunas bicicletas en la colonia.

Mi padre abrió la puerta.

—Don Arturo, disculpe la hora —dijo ella—. Necesito hablarle de algo que quedó grabado esta mañana.

Sentí