juez.
No sentí satisfacción por saber que tenía un empleo sencillo.
El trabajo honrado nunca me ha parecido motivo de vergüenza.
Lo triste era que mi hermana había despreciado durante años precisamente a las personas que trabajábamos para conseguir nuestras cosas.
Una tarde recibí una carta de ella.
Por primera vez no me acusaba de arruinar su vida.
Decía que había comenzado a recibir apoyo psicológico y que estaba intentando comprender su comportamiento.
También reconocía que nuestros padres habían permitido que creciera creyendo que siempre merecía más que los demás.